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“Yo tengo un sueño”, el discurso que Martin Luther King dio en 1963 como parte de su lucha por la integración racial, es uno de los discursos más famosos de la historia de Estados Unidos. El presidente de los Estados Unidos cuando era candidato a presidente de ese país, Barak Obama volvió a repetir ese discurso en el lanzamiento de su campaña. De seguro conmovió las entrañas más profundas. La Biblia dice en el libro de Génesis que José soñó un sueño, (Gen 37:5) y con el tiempo y habiendo pasado muchas penurias, su sueño se cumplió. Caleb dijo a los ochenta y cinco años; tengo la misma fuerza que cuando tenía cuarenta años; ¿Por qué Caleb tenía la misma fuerza después de cuarenta y cinco años? Porque el también tenía un sueño. Cuando tienes un sueño, el mismo sueño te da fuerzas para seguir viviendo y luchando por lo que anhelas. Se puede ser joven a los ochenta porque tienes un sueño o se puede ser viejo a los veinte porque no tienes nada para soñar y ningún motivo para vivir. Para alcanzar tu sueño en primer lugar hay que tener un sueño, luego creer que se puede hacer realidad, después planear y dar los pasos necesarios en pos de tu sueño. Si te quedas quieto sin hacer nada tu sueño será siempre un sueño y nunca se hará realidad. ¿Tienes un sueño?
Por Sergio Marquet

La pelicula Mongol trata de la vida de quien fuera uno de los mayores conquistadores de la historia; Gengis Kahn. De pequeño fue perseguido por quienes deseaban su muerte. Paso mucho tiempo a la intemperie en lugares inospitos huyendo de sus perseguidores. Otras veces los mismos lo tenian cautivo amarrado a un palo por dias y semanas, bajo la lluvia, el frio, o el sol ardiente. Segun la tradicion del pueblo Mongol estos temian a los truenos porque creian que el trueno era la expresion de ira de su dios. En una batalla decisiva por el control del pueblo mongol se enfrento con unos cientos de soldados a miles que estaban en el otro bando. En un momento crucial comenzo a llover y los truenos se hicieron sentir con toda su potencia. Todo el ejercito enemigo se escondio bajo sus escudos o huian dominados por el panico mientras Gengis Khan se paseba sobre su caballo como vencedor. El jefe de la tribu enemiga se paro frente a el y le dijo; “Todos los mongoles le temen a los truenos y tu ¿porque no?” A lo que Gengis Kahn respondio; “porque de pequeño no tenia donde esconderme y aprendi a perderles el miedo”. La unica manera de ganar en la vida es perdiendo el miedo. Cuando no tenemos donde escondernos aprendemos a perder el temor. No hay mejor manera de vencer al temor que enfrentarlo.

Un gran amor todo lo sufre, todo lo soporta (Mateo 1:18-25)

Miedos, dudas, preguntas, las imágenes de los últimos días se repetían sin cesar, las palabras de la gente lo seguían golpeando cada vez que volvían a su memoria, también el silencio y la indiferencia de otros, que herían más que las palabras. En un pueblo chico como Nazaret las noticias corrían rápidamente. Ahora todo dependía de él.

¿Qué haría? ¿Qué harías vos, si te enteras que tu prometida está embarazada?

“¡Fornicación, fornicación, fornicación!”, decían las voces por lo bajo. Los moralistas esperaban su momento para apedrear a la culpable, tal como lo decía la ley, y erigirse como únicos defensores de la verdad.

“Parecía tan buena, ¿quién iba a decir? ¿De quién será? ¡Pero si no tiene más de quince años!”. Era el único tema que se hablaba en la mesa de cada hogar durante esa semana. Cada uno arriesgaba un nombre, hasta los más pequeños participaban de esa suerte de adivinanza.  “Y él ¿qué va a hacer?”.

Todos opinan cuando no les pasa a ellos, todos dictaminan qué es lo correcto y qué no, hasta el más necio se hace el sabio hablando de las circunstancias de otros. Sin haberlo deseado José y María se habían convertido en los protagonistas del pueblo. Sus nombres habían sonado más en esos días que durante toda su vida. Si hubiese habido un periódico de seguro habrían aparecido en la tapa como la noticia del momento.

Entre los judíos, el desposorio, o promesa mutua de futuro matrimonio que se hacen dos personas, se consideraba tan firme como el matrimonio, y no podía ser disuelto excepto por divorcio.

El proceso del matrimonio judío tenía varias ceremonias. Una era el desposorio, que formando parte del matrimonio legal, era como el principio del mismo. El proceso matrimonial culminaba legalmente con el traslado de la desposada a la casa del esposo. Para esto podía pasar un espacio de meses o incluso años. Los estudiosos consideran que la ceremonia del matrimonio consistía en el cambio de casa por parte de la novia a la de su desposado. Esa era la etapa de las bodas.

En esa etapa, quien para nosotros sería el novio, pero para los judíos ya era el esposo, iba acompañado de un grupo de familiares a la casa donde vivía quien para nosotros sería la novia, pero para los judíos la esposa. Previamente, ella se vestía de gala y tenía listos los presentes que había preparado para el esposo. Acto seguido, sus familiares escoltaban a la pareja en la marcha hacia la casa donde habitarían a partir de ese momento y que normalmente había sido construida y adornada por el esposo. Allí se efectuaba una mutua entrega de presentes. El novio entregaba al padre de la novia la dote y los presentes que había preparado. Esta etapa se llamaba la presentación, porque en realidad era una ceremonia privada y familiar donde los padres entregaban a sus hijos, para que a partir de allí comiencen a formar su hogar viviendo juntos.

Acto seguido se entraba a la tercera etapa de las bodas, que se llamaba el banquete de bodas, al que estaban invitados no solo los familiares cercanos sino también los amigos. Había abundante comida y bebida, y todos tenían la oportunidad de dar sus parabienes a los flamantes esposos. Esta fiesta solía durar siete días o más.

Si existía una inmoralidad sexual por parte de la desposada aunque todavía no vivían juntos, esto era considerado por la ley judía como infidelidad y adulterio, porque ellos estaban en ese periodo de desposorio. El marido podía repudiarla en forma legal y pública, y bajo la ley ella podría ser apedreada hasta morir por traición.

“Pero, si la recibo la gente va a pensar que ese bebé es mío, tampoco la quiero repudiar, la apedrearán y la matarán. No, no quiero infamarla. La puedo dejar secretamente”. Dependía de él.

Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará su pueblo de sus pecados.

 La voz del ángel podía quitar los temores de José, confirmarle el plan perfecto de Dios, podía ayudarle a tomar una decisión y demostrarle la inocencia de María. Pero, esa voz no podía cambiar lo que pasaba a su alrededor: la gente, las burlas, los comentarios, los dedos acusadores. Todos esperaban su decisión. Dependía de él. Después de todo el ángel le había hablado a él, pero no a su familia, a sus amigos, a los demás. Si esa voz hubiese sonado en todo el pueblo habría sido todo más fácil. Si el ángel hubiese convocado a una asamblea popular para anunciar el acontecimiento, nadie miraría a María como una pecadora ni a José como un pobre traicionado por su futura esposa. La carga era grande, ¿qué hacer? ¿Podría de alguna manera evitar que la gente siga hablando de él y de María o que el día de mañana le digan hijo de fornicación a ese niño que nacería? (Juan 8:41). ¿Quedaría su nombre manchado? ¿Qué haría? Podía dejarla secretamente o podía esperar que algún día todas las palabras que el ángel le había dicho se cumplieran. Podía quizás creer que el tiempo y los hechos, demostrarían su inocencia y la de María. Dependía de él.

Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús.

 Dependía de él, y José decidió seguir estando en boca de la gente del pueblo, ser mirado como alguien que había hecho las cosas no del todo bien. Decidió cargar con la marca de la sospecha sobre su vida y tolerar las miradas de menosprecio de aquellos que nunca creyeron su historia.

Porque un gran amor acepta los desafíos, no le teme al mañana y le cree a Dios más que a las circunstancias.

La fama y el buen nombre no cuentan en las decisiones de aquel que tiene un gran amor